martes, agosto 04, 2009

Vicente Ferrer: el economista intuitivo

Vicente Ferrer: el economista intuitivo. DAVID CANO MARTÍNEZ EL PAÍS - Obituarios - 21-06-2009
Muy cerca de Bangalore, el Silicon Valley asiático, se encuentra Anantapur, una de las regiones más pobres del mundo. Pero una visita al Rural Development Trust (RDT) permite comprobar que es factible erradicar la pobreza extrema, gracias a los recursos económicos pero, sobre todo, al buen criterio de su fundador Vicente Ferrer, fallecido el 19 de junio a los 89 años.
Su historia, cargada de contrastes, no puede dejar indiferente a nadie. Luchando como anarquista en la batalla del Ebro, sintió la llamada de Dios, se hizo jesuita y eligió ser misionero en la India, donde llegó en 1952. Abandonó la orden en 1970, consciente de que podía ejercer mejor el sacerdocio entregándose a los demás y construyendo un mundo mejor. Sostenía que, para acabar con la pobreza, la única estrategia es la acción, una prueba de su actitud decidida que bien podría aplicarse a la actual crisis económica. Desde una perspectiva de economista, llama la atención que, sin contar con estudios reglados en la materia, pusiera en marcha proyectos que demuestran que es posible erradicar la pobreza con un enfoque que está en línea con lo que marcan los postulados económicos. Como sólo sucede en las personas inteligentes, ejercía por instinto lo que el resto hemos necesitado estudiar (economía o gestión estratégica de la empresa). Los proyectos iniciales fueron campañas masivas de vacunación, formación sanitaria, desarrollo agrícola y ecológico.
Desde los primeros momentos, se percató de la necesidad de aspectos tan relevantes para erradicar la extrema pobreza como la planificación familiar, algo que podría chocar con sus profundas creencias religiosas. La implicación de los habitantes locales en el proyecto, a través de una red capilar que permite incrementar de manera exponencial el rendimiento de los recursos, es otra de las claves del proyecto. Muchas multinacionales deberían aprender el sistema diseñado y aplicado en RDT. Fue consciente de la necesaria optimización de un recurso tan escaso en Anantapur como imprescindible para la agricultura: el agua. Sus primeras iniciativas buscaban excavar pozos, construir embalses y presas y, en los últimos tiempos, la utilización de técnicas más eficientes como el goteo o la aspersión. También fue pionero en otros aspectos, como las microfinanzas. Al igual que el Nobel Muhammad Yunus, confiaba en el efecto expansivo del crédito, siempre y cuando sea devuelto por el prestatario, algo altamente probable si éste es un pobre. Entendió el poder social del crédito y la utilidad de prestar al más desfavorecido para que pueda iniciar una pequeña actividad y, con ello, la cadena del desarrollo. Otros de los pilares sobre los que sustenta el "modelo Ferrer" son la ecología, la diversificación de los cultivos, el comercio responsable y la búsqueda de la igualdad entre mujeres y hombres, así como evitar la discriminación social de los discapacitados físicos o psicológicos. La visita de los hospitales dedicados a enfermos de sida o a los colegios de niños con discapacidades visuales o auditivas genera dosis de optimismo respecto a la eficacia de este sistema y su eficiencia, si tenemos en cuenta lo reducido de las aportaciones económicas.
Gganó el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia en 1998 y recientemente recibió la Gran Cruz del Mérito Civil. Con su muerte hemos perdido a un gran economista, intuitivo, inteligente y visionario. Afortunadamente, su obra tendrá continuidad y debe servir de referencia para otros países: ha demostrado que el fin de la pobreza es posible.
David Cano Martínez es socio de Analistas Financieros Internacionales (AFI).

El legado de una revolución. RAFAEL VILASANJUAN EL PAÍS - Obituarios - 21-06-2009
Las personas mueren, pero viven en las palabras que dejan escritas. Las huellas de Vicente Ferrer, las mismas que fueron paso firme por los caminos áridos de Anantapur en India, trazan la evidencia de una revolución que, aunque se ha llamado silenciosa, ha devuelto la voz y la palabra a quienes vivían en la nada. Como las últimas revoluciones, también la suya se gestó en los albores de la primavera del 68. Tal vez el mismo espíritu libertario que animó aquellas revueltas en París, Praga o México, fuera el detonante, o tal vez no. Pero por esa época, cuando contempló el inmenso océano de pobreza que le rodeaba en India, donde era misionero, comprendió que su función no era entender, sino remediar. Y se puso manos a la obra, con una declaración de guerra a la pobreza y al sufrimiento, que, a diferencia de aquellas revoluciones, perdura, pues su filosofía de partida sigue vigente: en el campo de batalla de la pobreza, unos se necesitan a otros; el individualismo mata.
Con Vicente aún luchando su última batalla por la vida, anoté algunas variaciones por las que siempre le consideré un visionario. Un caudal de referencia que ha hecho de los intocables, la pobreza y la solidaridad valores para dar sentido a la existencia. Ahora que la cooperación parece estar de moda, podríamos estar frente a una causa más, pero hay en su legado transformaciones profundas para entender su visión y su obra de forma diferente.
La primera es la transformación personal. Como jesuita, conservaba buena parte del barniz del seminario de hablar poco, escuchar mucho, responder punto por punto y retirarse a tiempo. Pero en India aprendió a rechazar la idea de la iglesia del miedo, que traslada a la gente el sentimiento de culpa. Las misiones, en aquella época, eran la única expresión de cooperación internacional, pero en su encuentro con otras religiones entendió que no había un camino único y que una sola religión estuviera en posesión de la verdad era arrogante, por eso abandonó el proyecto de evangelizar en medio de tanto sufrimiento. Entendió que los pueblos no esperan paternalismos ni caridad y arrinconó los métodos de la misión, porque para acabar con la pobreza eran obsoletos.
La segunda gran transformación fue el modelo de cooperación. Donde no había recursos, se crea un modelo económico. India no es un país, es un continente con grandes zonas donde la atención del Estado es inexistente. Su propuesta de desarrollo integral pasa por cubrir las necesidades pueblo a pueblo. Cada uno se convierte en una minúscula nación con su pequeño gobierno formado por los propios ciudadanos. No se trata de hacer de cada pobre un rico, sino de hacer fuerte a una comunidad. Así, garantizará al individuo la protección en los momentos más críticos: el hambre, la sequía, el paro, la enfermedad. Un modelo extraordinario que cuestiona los grandes proyectos de desarrollo, cargados de buenas intenciones pero incapaces de motivar a quien en definitiva se pretende ayudar.
La tercera y última transformación es una revolución universal. El proyecto continúa como lo ha venido haciendo durante estos últimos años con su mujer Ann, su hijo Moncho y todos los colaboradores que desde la Fundación, en India y aquí, siguen trabajando con el convencimiento del primer día, siguiendo las huellas de un camino trazado a base de esfuerzo. Pero en el momento en que millones de pañuelos le rinden el último adiós, tal vez sea hora de pensar que el legado de esta revolución, como todas, tiene ambición universal.
Más allá de esta región que ha transformado, Vicente nos envía el mensaje de que alcanzar el fin de la pobreza extrema, la máxima enfermedad de nuestros días, no es un sueño. Si es usted creyente, tal vez considere que la obra de Vicente es un milagro. Pero no hace falta creer en la existencia de un dios mayor: sus huellas nos han dejado un legado vivo, una sociedad resucitada. El libro de la revolución silenciosa sigue abierto, sólo hace falta escuchar cómo ha devuelto la voz a millones de personas que no tenían, para entender que su legado nos invita a todos a trabajar por una sociedad más justa.

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